Inflación y Precios

En buena hora la instalación de la competitividad como uno de los objetivos prioritarios del Gobierno, como también el de lograr una mayor equidad en los ingresos y la reducción del vergonzoso 38% de pobreza (para no mencionar el porcentaje de indigentes). Los temas a trabajar: mayor institucionalidad, empezando por erradicar la corrupción, y desburocratización, forman parte de una larga lista para la cual basta mirar los índices que comparan los distintos países en la amplia gama de temáticas en que pueden ser medidos, y en la que en casi todos ellos- estamos de la mitad de la tabla para abajo.

Ya hay muchos diagnósticos al respecto y no me referiré a ellos. Pero sí a una causa que abraza a todas ellas y que está enquistada como droga en nuestra sociedad: la inflación. Definido como flagelo, ya sufrido por otras comunidades, nunca la hemos podido superar, cuando casi todos los países lo han logrado y, en los casos más resistentes al menos, la han reducido a un dígito, (como el Paraguay), para no considerar a los europeos que luchan contra el efecto inverso, también indeseado, que es la deflación.

Con la inflación se distorsionan los precios relativos y no solo de productos y servicios sino de todos los otros componentes de la estructura económica como, por ejemplo, los salarios e impuestos, con la consiguiente necesidad de re negociar permanentemente los mismos, cada uno con mejor o peor resultado según el grado de fortaleza con que pueda negociar, pero llevando el conjunto de la sociedad a un permanente grado de inquietud y de enfrentamiento que en muchos casos lleva a la crispación.

Pero lo peor de ello es que la inflación cala hondo en la sociedad y termina en la peor de las corrupciones: la de la moneda, que se apuntala desde la institucionalidad. Y dado que los agentes económicos aprenden, las consecuencias no se dejan esperar; entonces, no confiamos en nuestro signo monetario y, por ende, tenemos en términos relativos uno de los sistemas financieros más chicos del mundo.

Si continuamos con la semejanza de la inflación a una adicción quizás también podamos explicar por qué nos resulta tan difícil su erradicación, ya que ha proporcionado durante mucho tiempo, al menos a la clase dirigente en su sentido más amplio, una suerte de alivio para sus propósitos inmediatos, aunque sus negativas consecuencias son siempre de mediano y largo plazo.

Luchar en serio contra la inflación impone sacrificios que no todos los agentes económicos soportarían en igual medida. A modo de ejemplo, tasas de interés positivas con un dólar que se sigue apreciando por las características propias de la terapia, presupone una injusticia para muchos. Terapias asociadas al respecto, consistentes en mayor o menor gradualismo en la reducción del gasto fiscal, independencia del Banco Central, metas de inflación, entre otras, quedan para la consideración de los especialistas. (bajar la inflación como la política más efectiva para reactivar la economía).

Lo importante es que el Gobierno haya fijado un plan al respecto y se proponga cumplirlo. Y para nosotros, como ciudadanos, nos queda apoyar esta o cualquier otra iniciativa que tenga por objetivo erradicar la inflación. Sin el compromiso de la sociedad todo tendrá, como en otras oportunidades, un efecto temporal. Si, como alguna vez se dijo, “un poco de inflación no viene mal”, como con la droga, es importante que lo tomemos como pésimo consejo, tratándose de una adicción.

Si continuamos con la semejanza de la inflación a una adicción quizás también podamos explicar por qué nos resulta tan difícil su erradicación, ya que ha proporcionado durante mucho tiempo, al menos a la clase dirigente en su sentido más amplio, una suerte de alivio para sus propósitos inmediatos, aunque sus negativas consecuencias son siempre de mediano y largo plazo.

Erradicar este flagelo de nuestra “cultura” no será fácil, pero es imprescindible intentarlo para que los objetivos aquí mencionados no sean simplemente una expresión de deseos. No son lejanos los tiempos en que el Gobierno anterior, seguramente consciente del efecto pernicioso de la inflación, prohibió decir la palabra a sus funcionarios y a las consultoras privadas hacer su estimación real, al tiempo que minimizó su incidencia afectando su medición oficial con explicaciones acerca de sus causas, enfatizando en lo estructural y negando las monetarias. Que el Gobierno actual tome la baja de la inflación como política de Estado es un gran avance, pero su erradicación debe ser un compromiso de toda la sociedad.

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